sábado, 10 de enero de 2015

¿Existe el celo en las mujeres?


Los humanos somos un tipo exótico de primate por muchas razones en las que no se puede profundizar ahora. Pero hay una que sí nos interesa resaltar aquí. Y para discutirla sería interesante establecer una pequeña comparación entre nosotros y nuestros primos los chimpancés, con quienes tenemos bastantes semejanzas genéticas, sociales y cognitivas169,170,171,172.

Entre ellas, puede decirse que tenemos en común que las hembras sólo son fecundables en periodos muy cortos de tiempo que se repiten periódicamente durante una buena parte de sus vidas. Como nunca se sabe cuándo puede encontrarse a una hembra fertilizable, los machos de ambas especies han de estar capacitados de forma permanente para responder desde un punto de vista biológico y psicológico a una que se encuentre en tal estado. Es una ley que no se puede transgredir, pues viene dictada por las necesidades de supervivencia del grupo y de los propios genes.

Respecto a los machos humanos, no está de más advertir que tener siempre la disponibilidad no significa estar siempre disponibles. Implica que su organismo tiene el potencial de ponerse en situación cuando surge la oportunidad.

Es en este punto donde se produce una diferencia zoológica aparente: los machos chimpancés saben que una hembra está receptiva, en periodo fecundable, porque ella les muestra unas señales inequívocas en sus genitales (una sonrosada hinchazón) que también cambian de olor. Pero los machos humanos carecen de esa suerte, porque las hembras no tienen nada parecido. En nuestra especie, siempre se fecundó “a ciegas” hasta hace bien poco. O al menos así se ha creido.

Ese periodo de receptibilidad al macho que tienen las hembras de nuestros parientes los chimpancés y otras especies “inferiores”, se conoce con el nombre de “celo” o “estro”. Fuera de esos días, nuestras primas no aceptan el intercurso sexual con sus machos, según la creencia popular sobre el tema.

La voz estro procede del griego oístros, que significa tábano o aguijón. En sentido figurado se le da el significado de ardor sexual. Algo parecido sucede con la palabra celo, del griego dsêlos, a la que se aplica el significado de deseo reproductivo entre los animales.

Las hembras humanas, carecen de este periodo de “celo”, y por eso se dice que son sexualmente receptivas de una forma permanente. De ese modo quedaría compensada la ausencia de una señal que muestre al macho humano el momento más idóneo para fecundarlas.

Sin embargo, no hay que interpretar literalmente la idea de que las mujeres tienen una disposición constante para las relaciones sexuales. Es cierto que pueden estarlo, pero no lo es que siempre lo estén. Dicho con otras palabras: las mujeres no están permanentemente motivadas, excitadas y dispuestas para el sexo, sino que tienen esa disposición para ponerse en situación cuando existe un estímulo pertinente que las incentiva. Ya señalé antes que con los hombres sucede otro tanto.

Que los deseos sexuales femeninos son frecuentes, es cierto; ya lo hemos visto. Y también sus ganas de satisfacerlos. Eso avalaría la idea de que la receptibilidad sexual femenina permanece intacta todo el tiempo y carece de una ritmicidad acompasada con la situación biológica de su ciclo menstrual.

No obstante, ni es tan seguro que nuestras primas chimpancés sean sexualmente inapetentes fuera del periodo de “celo”, ni tampoco parece que las hembras de nuestra especie no concentren sus deseos sexuales en momentos concretos del ciclo ovárico.

 

a.- En las hembras bonobos.

Aunque la observación del estro parece un hecho entre nuestros parientes los simios, los bonobos, o chimpancés pigmeos (Pan paniscus), mantienen actividades sexuales muy alejadas del momento de la ovulación. Utilizan el sexo para interactuar socialmente, y lo usan también con fines lúdicos claramente no reproductivos173. algo que sucede también entre simios más alejados evolutivamente de los humanos174,175.

La sociedad bonobo es fascinante. Parece nuclearse en torno a un círculo de hembras dominantes que mantienen sus vínculos interactuando de forma permanente entre sí mediante la desparasitación ritual y el intercambio de refuerzos sexuales positivos por medio del tribadismo (frotamiento de unos genitales con otros). Algo que no está relacionado con el celo. Cuando les conviene, saben manejar adecuadamente la agresividad de los machos dominantes, que siempre están subordinados a ellas173.

Se ha observado algo muy interesante entre estos chimpancés. Los machos suelen desarrollar toda su vida dentro del grupo que les ha visto nacer, mientras que las hembras tienden a emigrar a otro clan, probablemente para reducir el riesgo de acoplarse con un macho reproductor que bien podría ser su padre. De hecho, un buen número de las hembras bonobos se movilizan hacia otros grupos diferentes al suyo para reproducirse. Pero eso no se hace de cualquier manera: exige un complicado proceso de adaptación de la recién llegada a las costumbres del grupo receptor (ya se comenta en otra parte que los distintos grupos de chimpancés tienen modelos de comportamiento distintos entre sí; conductas que obedecen a verdaderas culturas diferenciadas176). Pero las jóvenes hembras bonobos no se adaptan de cualquier manera; siguen una estrategia específica para obtener antes que nada el beneplácito del círculo de hembras dominantes del grupo adoptivo. Y para conseguirlo se dedican a acicalarlas y a prestarles los servicios sexuales mencionados más arriba; los mismos que estas emplean entre sí para mantener la amistad y reforzar los vínculos. Sólo cuando las hembras dominantes del grupo receptor aceptan a la recién llegada, se le permite tener acceso al círculo de los machos reproductores173.

Es un modo de utilizar el sexo que se encuentra bastante alejado del momento restringido de la ovulación. Es un sexo hedónico e instrumental, no reproductivo.

En líneas generales, el sexo es utilizado por todos los bonobos para interactuar socialmente y limar tensiones, sean machos o hembras, adultos o retoños. Comparten con nosotros, pues, la separación parcial que existe entre el sexo y la reproducción.

Y se asemejan a nosotros aún más de lo que se cree. Así, los bonobos que viven en libertad no sólo practican uno de cada tres de sus coitos en la “posición del misionero"; esto es: con la hembra tumbada de espaldas en el suelo y el macho encima, cara a cara (lo que se creía una práctica exclusivamente humana, y a la que se atribuía ciertas connotaciones emocionales superiores que pretendían justificar dicha exclusividad)173, sino que la receptividad sexual de la hembra se manifiesta casi sin solución de continuidad durante todo su ciclo menstrual.

Además, utilizan el sexo en los contextos más variados y en cualquier clase de combinación de parejas (adultos-adultos, jóvenes-jóvenes, adultos-jóvenes, machos-hembras, machos-machos, hembras-hembras): practican el sexo oral esporádico, la masturbación de los genitales de otro individuo, besos intensos con lengua; utilizan el sexo para evitar conflictos, para aliviar tensiones, para reconciliarse, y para lograr de otro individuo alimentos o cualquier otra cosa de su interés. Tal comportamiento exige saber que dichas actividades producen unas sensaciones que son capaces de aliviar las tensiones. Existen otras ocasiones en que los bonobos no utilizan el sexo para pacificar a otro miembro de su especie; se limitan a saludarle con las manos o a espulgarles. Ello parece indicar cierta capacidad discriminativa para decidir la clase de conducta de apaciguamiento que precisan utilizar en cada momento. Son comportamientos que no parecen muy instintivos. Se aprenden. Las hembras bonobo también se masturban a solas; lo que, por muchas vueltas que se le quiera dar, carece de otra significación que no sea la búsqueda del placer proporcionado por esa actividad102,171,173,177.

 

b.- En las hembras humanas.

¿Y entre las mujeres? ¿Existe algo parecido al “celo”? No podría sostener que sí; pero tampoco se puede decir que no.

Una investigación realizada hace más de cincuenta años ya reveló que la apetencia sexual femenina oscilaba durante el ciclo menstrual. Un 71% de las mujeres afirmaban sentir más deseos sexuales antes y durante la menstruación (fase luteínica); otro 41% se sentían sexualmente sensibles poco después de esta (fase folicular); y cerca del 8% se notaban con más deseos durante la ovulación007.

En el informe sobre la sexualidad femenina que Shere Hite realizó mucho después, las encuestadas refirieron que sentían más deseos sexuales antes y durante la menstruación (72%). Otro 16% afirmaban sentirse más dispuestas sexualmente durante la ovulación. Y el 12% lo estaban después de la menstruación034.

Ambas investigaciones parecen coincidir en que alrededor del 84% de las mujeres sienten más apetito sexual durante la fase luteínica (en la segunda mitad del ciclo, Tabla I), esto es: después de producirse la ovulación.

Es probable que muchas lectoras se identifiquen con estos datos. Sin embargo, desde un punto de vista científico, hay que ponerlos en tela de juicio, pues se basan en la percepción subjetiva que tiene la mujer del día del ciclo menstrual en el que se encuentra. Y está comprobado que dicha identificación concuerda poco con la situación (hormonal) real de aquel. Dicho con otras palabras: las mujeres tienden a equivocarse con frecuencia en la percepción del día del ciclo en el que están178.

 

Es posible que esta sea una de las razones por la que fracasa con tanta frecuencia el método anticonceptivo de la continencia periódica. Tradicionalmente se atribuyen tales fallos al afán de “arañarle” días al ciclo para tener más relaciones sexuales. Pero quizás muchos de los “hijos de Ogino” estén más vinculados con esas dificultades que tienen las mujeres para determinar con exactitud el día del ciclo en el que se encuentran que con la picardía de alegrarse un poco más la vida.

Ese fracaso parece lógico, por otra parte, ya que las mujeres tienen más cosas en las que pensar durante cada día, diferentes a la determinación del momento del ciclo en el que estén en cada ocasión.

 

Tabla I.- Síntesis del ciclo genital femenino.

Días

Etapas del ciclo

1-3
Menstruación
 
4-13
 
Período folicular
 
14
Ovulación
 
15-28
 
Período luteínico
 
 
 

Como las investigaciones citadas más arriba hacen que sus datos dependan de la destreza femenina en detectar el momento que se encuentra su ciclo, es admisible dudar de sus resultados. Por eso habrá que considerar tan sólo los de aquellas investigaciones donde se haga una evaluación más objetiva del ciclo menstrual.

            Uno de esos procedimientos es el control diario de la temperatura corporal basal de la mujer, que, como saben, sufre un incremento durante la ovulación. Algunos autores han observado con ese método que la conducta sexual femenina que depende exclusivamente de ella misma, como son el coito a iniciativa propia y la masturbación, se incrementa progresiva y significativamente desde el final de la menstruación hasta el inmediato premenstruo siguiente, con un pico en los días de la ovulación179,180. Tales diferencias desaparecen cuando la mujer toma anovulatorios hormonales; al cesar la ovulación se esfuman las fluctuaciones sexuales durante el ciclo menstrual180. Sin embargo, otros autores han encontrado que, incluso entre estas últimas, se observa un aumento de la actividad sexual en lo que sería la segunda mitad del ciclo; esto es, después de la fecha en que debería haberse producido la ovulación154.

En cualquier caso habrán advertido que estos resultados son muy similares a los referidos con anterioridad: la mujer se siente más receptiva sexualmente, y desarrolla una mayor actividad auto- y heteroerótica, desde el momento de la ovulación hasta la menstruación siguiente, en la fase luteínica.

Pero si bien parece que las mujeres tienen más deseos sexuales después de ovular (lo que favorecería la fecundación, aunque sólo fuera en los primeros días siguientes a la misma), cabría preguntarse si también se excitan frente a estímulos eróticos específicos en unos momentos del ciclo más que en otros.

Aquí, los resultados son más bien confusos.

Slob y cols.181 han comunicado que las mujeres se excitan más en la fase folicular (después de la regla y antes de la ovulación) que en la luteínica, cuando contemplan vídeos eróticos o se masturban con vibradores. Es una excitación que suele mantenerse durante 24 horas; tiempo en el que se producen más fantasías y se tienen deseos eróticos con más frecuencia que en otros momentos del ciclo. Se ha comprobado también que las mujeres reaccionan a los vídeos eróticos con mayor intensidad, tanto subjetiva como genitalmente, cuando realizan una segunda sesión siempre que estén en esa fase folicular182.

Graham y cols. han encontrado que las mujeres tienen más deseos sexuales y mejor humor en el tiempo periovulatorio que en el periodo folicular183.

            Parece comprobado que la sensación subjetiva de excitación sexual y las reacciones genitales elaboradas frente a vídeos eróticos es la misma esté la mujer en el día del ciclo menstrual que esté. Esto es: su ciclo no condiciona ni la intensidad ni la rapidez de su respuesta sexual frente a los estímulos pertinentes154,184,185. Esto permitiría afirmar que si bien los deseos sexuales de las mujeres parecen fluctuar a lo largo de su ciclo menstrual, una vez situadas ante estímulos eróticos efectivos, sus reacciones sexuales son siempre parecidas.

            Es posible que existan elementos más sutiles que intervienen en la excitabilidad sexual femenina. Esto es algo que sólo la investigación de los últimos tiempos está permitiendo dilucidar con cierta limpieza. Así, se ha encontrado que las reacciones genitales de las mujeres ante estímulos eróticos eficaces se incrementan cuando estos van acompañados de fragancias que “huelan a varón”, si se encuentran en la fase folicular183. Es decir, antes de la ovulación.

Los olores parecen jugar un papel importante en las relaciones sexuales humanas. Bastante más de lo que se venía admitiendo hasta ahora, horrorizados como estábamos de aceptar que nuestro cuerpo pueda mantener rastros del origen animal que siempre tuvo. No se trata de que todos intentemos oler bien para facilitar nuestra vida social y soportarnos mejor a nosotros mismos. También nos gusta sentir el olor de nuestra pareja, y percibirlo cuando la abrazamos o en las cosas que usa, por ejemplo. Pero nuestra sensibilidad al olor va aún más lejos. La piel segrega unos mediadores químicos denominados feromonas, imperceptibles de forma consciente, que tienen la virtud de inducir cambios en el sistema endocrinológico y en la conducta de la muy culta y civilizada especie humana.

En líneas generales, hombres y mujeres emiten feromonas que atraen al sexo contrario. Mas, eso no quiere decir que les exciten, ni que les induzcan a mantener relaciones sexuales. Se ha comprobado que la exposición a esas feromonas no incrementa la actividad sexual autónoma (masturbación) que sería lo que mediría realmente dicha acción; promueven más bien el trato social entre ambos sexos186,187.

Qué duda cabe de que para facilitar el contacto sexual lo primero que se hace necesario es que unos y otras interaccionen socialmente. Tales aproximaciones empáticas se relacionan con el momento en el que está el ciclo menstrual de la mujer.

Las feromonas masculinas (androstanos) no son habitualmente atractivas para las mujeres, quienes pueden llegar a sentirlas incluso repulsivas mientras se encuentran en cualquier momento no ovulatorio de su ciclo ovárico. La Naturaleza nos diría que es una forma de mantenerlas alejadas de los machos de su especie cuando no conviene. Pero durante la ovulación, los androstanos se vuelven milagrosamente neutros para las sensibles células olfativas femeninas; no sólo los toleran mejor, es que, además, su percepción les hacen sentirse relajadas y tranquilas, proclives a encontrar a la gente más atractiva que en otros momentos del ciclo188. En definitiva, las mujeres se tornan más receptivas cuando ovulan; se sienten con mayores niveles de tensión sexual por los altos niveles de testosterona que circula por su torrente sanguíneo en ese momento; ven a los hombres con mejores ojos; se sienten más a gusto con ellos y más dispuestas a interaccionar social y sexualmente.

Algo similar les pasa a ellos con la feromonas vaginales (copulinas). El olor les resulta desagradable salvo cuando procede de una mujer que está ovulando. Entonces no sólo se vuelven neutras las copulinas a su olfato, sino que, además, las fotografías de mujeres que antes les resultaban poco atractivas, se tornan milagrosamente seductoras bajo la influencia de esas fragancias corporales; a la vez que sus niveles de testosterona suben a más del doble de la cantidad que circula normalmente189. En definitiva, las mujeres ovulando se tornan irresistibles para los hombres por mediación del olfato.

Sin embargo, la mayor receptividad femenina en el momento de la ovulación no es algo tan pasivo como han mostrado los resultados de la investigación que he comentado antes; sucede todo lo contrario. Se ha podido comprobar que las jóvenes, incluso las que están emparejadas, tienden a cumplir un ritual mensual con sabores atávicos: acuden solas a las discotecas, con poca ropa, para bailar seductoramente a la vista de todos los hombres que están allí presentes. Y ellas mismas reconocen sentirse tentadas a responder a los requerimientos de los varones que se les acercan, aunque no fuera esa la intención consciente que tenían al acudir a la discoteca. Esto es, se encuentran especialmente excitadas y seductoras aun sin ser conscientes de ello ni verbalizarlo de esa forma.

Cuando se determinó el momento hormonal cíclico de esas chicas se descubrió que estaban ovulando. Las mujeres que se encontraban en las mismas discotecas vestidas más comedidamente, o con sus parejas, estaban en otros momentos del ciclo menstrual. Las diferencias eran estadísticamente significativas, iban más allá del simple azar, no sucedían de un modo casual190. Esto es: las mujeres que están ovulando no sólo se sienten más atraídas por los hombres, más tranquilas, más eufóricas y con más deseos sexuales, sino que atraen a los varones mediante la emisión de señales olfativas que les hacen más atractivas a los ojos de ellos y mantienen comportamientos visuales seductores para motivarlos. Algo que no sucede en cualquier otro momento del ciclo menstrual.

Durante la ovulación, las mujeres prestan mayor atención al aspecto físico (indicador de salud y de transmisión de genes vigorosos) que a la inteligencia de los hombres. Se ha comprobado que en ese momento de su ciclo se sienten especialmente atraidas por los rostros que reflejan rasgos más viriles, aunque sepan que el sujeto es menos inteligente191.

            Tales descubrimientos permiten explicar conductas que hasta ahora habían recibido toda suerte de razonamientos sociales y psicológicos casi en exclusiva, sin convencer del todo. Ahora resulta que el fracaso de las campañas de información que se realizan periódicamente sobre los adolescentes para que utilicen anticonceptivos en sus encuentros sexuales también podrían tener una explicación biológica. En las edades en que las hormonas están más alborotadas, la Naturaleza conspira contra ellos (los reproductores más fuertes y sanos) haciéndoles sentirse más atraídos los unos por los otros mediante los olores y promoviendo en las hembras conductas diseñadas para atraer al macho, precisamente en el momento de la ovulación. El periodo de mayor riesgo de embarazo. Y por si fuera poco, tales conductas de proximidad y (potencial) apareamiento (me estoy refiriendo a las citas, a la asistencia a discotecas, etc.) suelen acontecer con más frecuencia por las tarde-noches, cuando el semen de los chicos tiene mayor calidad fecundadora (la eficacia del semen empeora por las mañanas)192.

Si a ello se añade que a estas edades los jóvenes se sienten invulnerables, valoran el riesgo como algo positivo, y se muestran excesivamente optimistas en cuanto a su capacidad para dominar la realidad193,194, la mezcla de todo ello puede resultar explosiva; y de hecho lo es.

 

En España quedan embarazadas al año el 1% de las adolescentes que se encuentran entre los 15 y los 19 años de edad. Esos embarazos representan el 4,4% de la cifra anual total de ellos. El 39% de esos embarazos adolescentes finalizan en un aborto195; porcentaje que en 2007 se incrementó hasta el 70% en la ciudad de Barcelona (EL PAIS nº , 21/11/09).

 

Estos condicionamientos biológicos explicarían también, al menos en parte, por qué una chica se siente irresistiblemente atraída por un chico en un momento dado (ovulación), y cuando consigue una cita con él la semana siguiente, lo encuentra por completo decepcionante sin saber exactamente por qué. Algo parecido a lo que le sucederá al chico.

También nos aportan una explicación adicional a la queja que tanto repiten las mujeres menopausicas de volverse invisibles para los hombres. Es posible que las arrugas resulten socialmente menos atractivas en las mujeres de más de cuarenta años que en los hombres, y que eso les haga a ellos más indiferentes a los indiscutibles encantos que ellas conservan. Pero lo cierto es que esas mujeres ya no ovulan. No transmiten los mensajes químicos de la atracción. No pasan por el momento del ciclo en el que se sienten más receptivas a los olores del macho. Ellas ya no mantienen esas conductas de cortejo elaboradas para atraerlos que les induce la ovulación. Su naturaleza conspira en contra de sus deseos cognitivos de mantener encuentros con los hombres.

¿Será por esto que los hombres mayores, estén solteros, casados, divorciados o viudos, se sienten atraídos o se vuelven a casar con mujeres a las que llegan a doblar la edad?

Hasta aquí los datos.

Una visión apresurada del comportamiento humano podría confirmar que las hembras de nuestra especie carecen de “celo” y son receptivas al sexo de un modo permanente, como se había postulado hasta ahora. Pero, aunque esto sea cierto en cuanto a la exhibición de signos externos de fecundidad, no lo parece tanto cuando evaluamos señales más sutiles y estudiamos con mayor pulcritud el comportamiento humano.

Aplicando la misma finura en la observación de nuestros primos, se encuentra que tampoco les basta la atractiva coloración genital de las hembras para sentirse seducidos por ellas. Existen investigaciones cuyos resultados indican que el enrojecimiento de la piel y la hinchazón genital de las hembras primates durante su “celo” carecen de significado para los machos si no van acompañados del correspondiente componente olfativo (feromona) vaginal196,197.

Todo ello demuestra hasta qué punto eran groseras e insuficientes las observaciones iniciales que pretendían diferenciar el comportamiento sexual de nuestros parientes los simios y nosotros mismos (monos al fin). Tanto en unos como en otros la Naturaleza dispone de ciertas conductas de cortejo para las hembras y los machos, además del olfato, que incrementan las oportunidades  de mantener relaciones sexuales durante la ovulación. Aunque en ambos casos también se tienen relaciones sexuales fuera de esos momentos de máxima fecundidad, por simple placer o conveniencia social.

Los datos referidos con anterioridad parecen mostrar que las mujeres tienen “un freno biológico” en su disposición sexual durante los días que no son fecundas, que consiste en un rechazo del olor masculino. Y sólo cuando ovulan, es decir, cuando son fecundables, experimentan unos cambios internos que les hace cambiar de opinión sobre el olor del varón (ovulando les resulta, cuanto menos, neutro), experimentan mayores deseos sexuales, se sienten más felices, más tranquilas y les induce a elaborar una estrategia de seducción destinada a atraer la atención de los hombres.

Estos, que durante los restantes momentos de ciclo menstrual encuentran el olor femenino poco agradable, modifican su juicio durante la ovulación, y pasa a resultarles al menos neutro. En esos momentos también las ven más bonitas y atractivas. Y por si fuera poco, son atraídos por la actitud seductora que ellas despliegan.

Aquí no hablamos exactamente de “celo” tal y como lo muestran, por ejemplo, nuestras primas las chimpancés. Pero, según hemos visto, el ciclo de la mujer, en lo que conocemos hasta ahora de él, evoluciona de modo que tiende a unir a los sexos y a excitarlos más justo cuando la fecundación de la mujer es posible. Lo que permite intuir que existe algún vago parecido al “estro”.

No está de más atender, como hemos hecho, a los aspectos biológicos que condicionan nuestros comportamientos sexuales. Fundamentalmente porque tendemos a olvidarnos que somos criaturas de la Naturaleza como las demás. Pero también sería excesivo olvidar que asimismo somos seres sociales y que existen elementos culturales que nos condicionan igualmente. Porque la cultura modula la biología y los comportamientos primarios, a veces hasta extremos que hacen irreconocibles sus orígenes atávicos.

Por poner sólo dos ejemplos. Si bien los cambios experimentados por las mujeres durante el ciclo menstrual determinan la aproximación de los sexos durante la ovulación para intercambiar eventualmente algo más que caricias, una cosa tan simple como la disponibilidad de tiempo condiciona por completo que tales encuentros sexuales tengan lugar o no. Y tiempo no sobra en nuestra civilización. La influencia del tiempo laboral para mantener relaciones sexuales es incluso superior al momento del ciclo en el que ellas se encuentren198.

Pero lo contrario también es cierto. Dada la función relajante y ansiolítica que tiene el orgasmo, muchas parejas mantienen unos niveles de actividad sexual elevados, que no se corresponden con sus niveles de tensión erótica real, sino que utilizan el sexo como una forma de descargar las tensiones acumuladas a lo largo del día. El orgasmo siempre será mejor que el nerviosismo; y, en cualquier caso, un relajante más próximo, sano, barato y gratificante que el alcohol o cualquier fármaco ansiolítico. Y cuando esa actividad sexual no es posible, existe el recurso de la masturbación; aún más próxima que la interacción erótica con la pareja. Un buen número de mujeres (entre el 29% y el 39%) no dudan en utilizarla con esos fines relajantes132,199,200.

El otro ejemplo que deseaba reflejar aquí está relacionado con la edad cada vez más juvenil del primer coito de las chicas y con las concentraciones plasmáticas de testosterona.

Se ha acreditado que las mujeres que poseen niveles más altos de testosterona, se masturban y tienen relaciones sexuales con mayor frecuencia que las que tienen tasas más bajas201,202,203. Pero esta hormona tiene otro papel diferente. Se ha comprobado que los índices de testosterona predicen con bastante acierto el inicio de las chicas en la cópula, en el sentido de que lo hacen con mayor precocidad las jóvenes que poseen concentraciones más altas de esa hormona frente a las que tienen niveles más bajos. Mas, sobre el sustrato de precocidad que supone poseer concentraciones altas de esa hormona, se superponen otros elementos culturales que lo modulan restándole parte del determinismo que solemos atribuir a todo lo biológico. Existe un elemento cultural facilitador para buscar esa experiencia, como es el deseo de pertenecer al grupo e iniciarse así en la vida adulta. Y está comprobado que quienes son más permeables a ese factor asimismo son más precoces en el inicio de las relaciones sexuales. Pero también hay otro componente frenador que lo aporta la religiosidad, con su doctrina de retrasar la actividad sexual hasta épocas más maduras de la vida120,204. Y de hecho la retrasa, pese a que las adolescentes verbalizan la moralidad religiosa como un factor disuasorio que va por detrás del miedo a los embarazos, a las enfermedades de transmisión sexual, a la ausencia de oportunidades y al temor a las sanciones sociales205.

Ambos elementos culturales modulan, cada uno en sentido opuesto, una tendencia biológica determinada por los niveles altos de testosterona206.

 

El conocimiento de que los niveles de testosterona incrementan la actividad sexual en las chicas se ha hecho hoy muy popular. En ocasiones, ellas tienden a justificar jubilosamente su promiscuidad sexual señalando “que tienen mucha testosterona”. Si la hipótesis de este libro es cierta, y no se modifica la actitud masculina y femenina respecto a la masturbación de estas últimas, cuando se popularice la idea de que las chicas con más testosterona no sólo copulan más, sino que también se masturban con mayor frecuencia, éstas dejarán de hacer referencias humorísticas a ese estado hormonal.

 

Todo ello demuestra que una visión exclusivamente zoológica del ser humano es tan parcial como la simplemente cultural que es la que prevalece entre nosotros. La tendencia general que existe en nuestra sociedad es sobrevalorar lo cultural y minusvalorar lo biológico, porque ello nos permite contemplarnos a nosotros mismos como seres superiores. Así, conseguimos olvidar que somos simios y que la Naturaleza ha dispuesto para nosotros los mismos elementos de supervivencia, como especie, que para el resto de los seres vivos.

 

Texto extraído de mi libro: “LA SEXUALIDAD FEMENINA (mitos y realidades)”. Las referencias bibliográficas pueden encontrarse en ese texto.

 

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